China entre contradicciones y fortalezas: ¿el siguiente rival de Donald Trump?

Dr. Carlos Germán Palafox Moyers

Hace algunas semanas Donald Trump ordenó, nuevamente, una revisión de la política comercial que mantiene EEUU con todas las naciones con las que registra un déficit comercial –incluida China. Y con su habitual tono amenazante, recalcó: “El robo de la prosperidad de América se va a acabar”.
El comercio entre las dos naciones ha pasado de 2.500 millones de dólares en el año de 1979 –cuando los dos países establecieron relaciones diplomáticas– a los 520.000 millones, casi cuarenta después; pero el saldo negativo en este apartado para EEUU asciende a unos 347.000 millones.

Sin embargo hay otro problema igual o peor que el anterior, que tiene que ver con las relaciones bilaterales entre ambas naciones y es el caos político que parece imperar en la Casa Blanca donde coexisten personajes con agendas encontradas.

Sin que se tenga una clara visión respecto a cómo actuar frente a China, algunos analistas han señalado que en torno a Trump coexisten dos posiciones encontradas : La que lidera su yerno Jared Kushner, que ha establecido una cordial relación con el embajador chino en EEUU, Chi Tiankai, y que semejan buscar una relación cordial entre los dos líderes y bajar tensiones; y la que agrupa a los “halcones” como Peter Navarro y otros funcionarios que abogan por adoptar una posición de fuerza respecto a Pekín e imponer sanciones y tarifas a sus exportaciones.
Pero poco sabemos, especialmente en México, sobre el líder chino, Xi Jinping y su visión sobre lo que su país debe de hacer en los próximos 40 años. Mucho se ha escrito sobre la consolidación del poder de Xi desde su designación como secretario general en noviembre de 2012.Tras sólo cinco años en el cargo, el liderazgo del Partido ungió a Xi como una de las dos máximas figuras históricas de la China moderna. Estamos ante una figura emblemática y con una inusual característica: Ser un visionario de la China del futuro.
Una primera conclusión, señalan los analistas, son las bases ideológicas del “Pensamiento de Xi Jinping” que han sido puestas a la misma altura de las grandes figuras como Mao. En segundo lugar, su discurso político señala con mucha confianza de una China que acaba de ingresar a una “Nueva Era”. Bajo esta nueva era, China tiene ahora dos objetivos en su mira: completar la tarea de construir una “sociedad moderadamente próspera” de aquí a 2035, y luego afianzarse como gran potencia en 2050. Estamos ante un nuevo posicionamiento nacional que Xi Jinping ha denominado el “Sueño Chino”. El nuevo “Chinese dream”.
El tercer punto, tal vez el que genera más expectativas, se identifica como la “contradicción principal” de China. Un concepto de la vieja cuña marxista que resalta que hay un problema fundamental y, por lo tanto, demanda una solución. La contradicción principal, que suele expresarse en forma vaga y ambigua, es el marco para una elaborada discusión sobre los riesgos y oportunidades, estrategias, reformas y formas de gobernanza que definirán las perspectivas de China en el futuro cercano. Es decir, la contradicción principal se le ve como una tensión entre “un desarrollo desequilibrado e insuficiente” y las “necesidades crecientes del pueblo de una vida mejor”.
Este punto de la “contradicción principal” no salió de la nada. Es una clara señal de un amplio cambio de visión nacional que lleva de considerar a China como un país pobre en desarrollo, a una sociedad cada vez más próspera decidida a convertirse en gran potencia. Para ello China lleva diez años tratando de resolver sus persistentes y preocupantes desequilibrios mediante dos planes quinquenales y conjunto de reformas adoptadas en el 2013.
Sin embargo, también se abren otras interrogantes sobre lo que puede faltar en la estrategia del Partido en largo plazo. Hay sobre todo tres “contradicciones secundarias” que se destacan en el frente económico.
En primer lugar, la continua tensión entre la función del Estado y de los mercados en la asignación de recursos, una contradicción muy presente en las reformas del Tercer Plenario de 2013, que se centraron en la aparente imposibilidad de combinar un “papel decisivo” de los mercados con un apoyo decidido a la propiedad estatal de las empresas.
Los chinos creen, hace algún tiempo, que estos dos aspectos de la vida económica son compatibles en lo que se denomina “economía mixta con características chinas”. El informe político de Xi elogia el modelo de propiedad mixta y también aspira a una economía liderada por grandes empresas con una elevada competitividad internacional.
En segundo lugar, está la tensión entre la oferta y la demanda. La máxima prioridad de las autoridades económicas serán las reformas estructurales del lado de la oferta. Este programa conlleva entre sus componentes clave un énfasis en la productividad, la innovación y el ascenso en la cadena de valor industrial y de servicios. Sin embargo se le resta importancia al consumo (demanda) de bienes y servicios, que está muy abajo en la lista de prioridades para una economía modernizada. Pero que se haga hincapié en la oferta sin prestar igual atención a los fundamentos de la demanda agregada supone una omisión preocupante.
La última tensión secundaria puede hallarse en la muy anunciada transformación estructural que se encuentra en las primeras etapas y no en la fase de consolidación. El sector servicios crece rápidamente, pero todavía es embrionario y equivale a sólo el 52% del PIB. Y el consumo de los hogares, que también crece velozmente, todavía no llega al 40% del PIB.

Para otros analistas, el sueño chino está a punto de convertirse en una pesadilla. Las tendencias demográficas amenazan con hacer retroceder el exceso de mano de obra que impulsó el rápido crecimiento de China en las últimas décadas hacia una escasez de mano de obra a un ritmo sin precedentes. La contaminación y la escasez de agua, junto con las emisiones de dióxido de carbono y los niveles letales de contaminación del aire, están poniendo en peligro la salud de las personas y la sostenibilidad del desempeño económico de China. Además, el crecimiento del PIB chino, si bien es importante, está siendo impulsado en gran medida por una combinación de deuda en rápido crecimiento y burbujas inmobiliarias generalizadas (peligro latente). Incluso los investigadores chinos admiten que su país tiene uno de los niveles más altos de desigualdad de ingresos en el mundo.
Además es importante resaltar que China debe la mayor parte de su deuda a sí misma, porque las prioridades políticas guían los préstamos tanto como lo hacen las consideraciones comerciales. También China apoya los esfuerzos internacionales para abordar la degradación ambiental y el cambio climático. La mayoría de las personas están mejorando, aunque de manera desigual. Y la administración de Xi al menos está haciendo algo para acabar con la corrupción endémica de la clase política en aquel país.
Este modelo debe de ser considerado para diseñar una nueva política de integración para la economía mexicana. Para ello es importante tener una visión de corto y largo plazos del país al que aspiramos, y mantener como objetivo básico el dar respuesta a las necesidades crecientes del pueblo de una vida mejor y no un crecimiento desequilibrado e insuficiente. Además de seguir el ejemplo de Xi de acabar con la corrupción e impunidad endémica de la clase política y algunos sectores empresariales en México.
El próximo año se puede llevar a cabo un primer acercamiento a este modelo. Depende de la mayoría de l@s mexican@s. Por ello algunas personas han señalado querer un Xi para MéXico de manera urgente.

Dr. Carlos Germán Palafox Moyers
Docente e Investigador del Departamento de Economía de la Universidad de Sonora y Consejero del Observatorio Ciudadano de Convivencia y Seguridad del Estado de Sonora (OCCSES).

Comments are closed.